23 abr 2013

"Matando" a un aburrido Dragón...

Aquella mañana poco o nada podía animarle a levantarse de la cama. No había nada en el ambiente que augurase una resolución positiva de tan compleja empresa; el cielo gris aunque luminoso, el olor a lluvia de la noche, un olor rancio a tostadas quemadas y las ganas, sobre todo las pocas ganas de poner un pie fuera del nórdico calentado por su gata Kina a fuerza de ronronear durante horas. Un día muy duro se avecinaba por delante; a fin de cuentas nadie antes lo había conseguido…

De repente un grito lo sacó de la cama -¡Jorgeee, te quiero ver en la cocina en menos de un minuto!, ¡se te enfría el desayuno!-. Nina, la cocinera que vivía con ellos desde hacía demasiados años, le acuciaba a salir de su cálido resguardo.


Saco fuerza y ganas de donde no las había y de un salto se puso frente al armario. Cogió sus viejos pantalones azules, su camiseta preferida y se calzo unas botas que podrían contar más de mil kilómetros de historia. Su madre odiaba esas botas raídas y sucias, pero Jorge no podía esperar que le gustaran, a fin de cuentas ella no conocía ni cien metros de lo que estas almacenaban…

Bajó las desgastadas escaleras de madera de tres saltos mientras intentaba repasar como afrontaría su dura tarea: ¡matar un Dragón!

El desayuno pasó rápido, más por su incapacidad para comer un solo bocado que por lo ligero de lo preparado por la diligente Nina. Sus hermanos, por el contrario, disfrutaban a dos carrillos de una opípara pitanza en la que las tostadas con mermelada, los zumos, la leche fría, templada y caliente, las galletas con y sin relleno, los huevos, las frutas y los cereales bailaban sobre la mesa en una danza caótica que auguraba una tragedia siempre al borde de la mesa.

Nada de ese caos ayudaba a Jorge a tranquilizarse, así que volvió a subir las escaleras como si cada pie le pesara un quintal.

Fue al estante de su habitación. Era una repisa sencilla, de color azul y abedul. Estaba repleta de libros de todo tipo, el recuerdo de la comunión y mil recuerdos más resultado de otras mil manualidades tantas veces practicadas. A una altura media estaba el acuario que cada noche relajaba sus pupilas hasta dormirse y que cada mañana servía a Kina para entretenerse mientras perseguía con la mirada a los indiferentes peces e intentaba cazarlos golpeando en vano el grueso cristal. Pero lo más importante de esa repisa no estaba en ninguno de los estantes, sino colgado de un lado pendiendo de un clavo en precario equilibrio; las dos armas contra las que tendría que enfrentarse al fiero Dragón: su pañoleta y su silbato. No necesitaba nada más. No tenía nada más.

No se lo pensó dos veces. Si lo hubiera hecho la duda le habría tumbado de nuevo en la cama que tenía detrás. Cogió la pañoleta y se la enfundó al cuello. Ese trozo de tela dialogaba en historias con las viejas botas de los pies. Pero lo que contaba no era creíble si no fuera con la suciedad que cubría los bordes enrollados; esa suciedad que su madre se empeñaba en quitarle cada sábado al volver a casa y que Jorge se empeñaba en proteger como si de un tesoro se tratase. Tomó el silbato y con un giro magistral de muñeca mil veces ensayado lo enrollo a la pañoleta a la altura del pecho. Ya estaba listo, era el momento.

Bajó las escaleras de nuevo y casi sin despedirse salió por la puerta que daba al jardín de la entrada. No quería ánimos, pues sabía que le pondrían aun más nervioso. Y además el enfrentamiento con el famoso Dragón sería terrible… ¡Igual no volvía!, y él siempre había odiado las despedidas.

El trayecto desde casa hasta la plaza central del pueblo se le pasó volando en su veloz caballo de diez y ocho marchas y frenos de disco relucientes. Estaba tan absorto en su inmediata tarea que fue incapaz de recordar nada de lo que había pasado hasta llegar al borde de la fuente de la plaza.

Era tarde y un grupo de chavales con pañoletas como la suya pero más limpias formaban un corro y le miraban como haciéndole ver que sabían de su desafío. En realidad todo el mundo lo sabía, toda la gente en el pueblo sabía lo que ocurriría esa tarde en la plaza. Llevaban una semana comentándolo en cualquier rincón del pueblo, en la puerta de la iglesia a la salida de misa, en la cola del ultramarino, en la mercería, en los columpios del colegio y hasta en la sala de espera del médico. Todos, sin excepción sabía que Jorge debía matar esa tarde al temible Dragón.

De repente, y casi sin esperarlo apareció por la calle que rodeaba la tienda de Don Nicodemo. El enorme Dragón traía el mismo rostro enjuto, colorado, cejijunto y ofuscado que habían descrito sus anteriores víctimas. Se acercó lentamente al círculo y a cada zancada el suelo tembló bajo su fuerza, se colocó en hueco que habían dejado y como si lo tuviera planificado desde lejos miro con sus fieros ojos negros al pobre Jorge.

Jordi, como le llamaban sus amigos algunas veces, supo que era el momento. Cogió con su mano izquierda la pañoleta, se ajustó el nudo que la sujetaba al cuello y con la derecha tomó el silbato que bailaba en su pecho con cada paso. Se acercó derecho al enfadado Dragón y de un silbatazo empezó la cruenta batalla a vida o muerte.

Llevaban casi dos horas de batalla y la derrota de Jorge se empezaba a escribir ya en la redacción del periódico local. Sería otra víctima más del indomable Dragón.

Jorge había recurrido a todas sus estrategias y artimañas. Se había arrimado a él personalmente, se había alejado para atacar con todos los demás miembros del circulo, había hecho uso de las peores armas –Cebolla, Balón chino, Kía, Calles y Avenidas, el Pirata…-, una infinidad de hechizos que ni siquiera habían rozado al serio Dragón.

De pronto, y a dos minutos de cumplirse el tiempo tuvo una idea fantástica. Estaba fuera de los programado, pero el inesperado sol de abril invitaba a ello y además… quizá funcionara.

Reunió a todos los miembros del circulo, incluido el terrible Dragón, alrededor de la fuente y en un acto espontáneo se sacó de la chistera una danza mágica que invitaba a salpicarse agua los unos a los otros como si no hubiera un mañana. Al fin y al cabo su fracaso frente a su fiero Dragón no le iba a dejar un mañana.

Las salpicaduras, las gotas y las olas de agua bañaron a todos sin dejar ver nada, pero cuando todo se calmó Jorge pudo observar que Dragón estaba muriendo. Se retorcía en el suelo empapado en agua y con dos gruesos lagrimones corriendo por sus gruesas mejillas. Pero lo más importante es que las comisuras de su boca estaban tan expandidas que casi tocaban los lóbulos de las orejas. Y allí seguía, muriendo y muriendo, riendo y riendo.

Jorge lo había conseguido. ¡Había conseguido matar de risa a Marcos Dragón!. Ese niño ofuscado que había logrado frustrar los intentos mil valientes por hacerle sonreír y pasárselo bien. Pero todos fracasaban y Marcos Dragón se volvía a su casa aburrido y sin ilusión.

Cumplió el tiempo, las dos horas de plazo y Marcos Dragón, aun empapado y con agujetas de la risa se acercó a Jorge. Pero ya no daba miedo ni parecía serio. Ahora sonreía y parecía haber pasado el mejor momento de los últimos años. –Jorge, me has matado de risa. Cuenta conmigo para el próximo sábado-. Y se volvió buscando a sus compañeros mientras Jorge sujetaba su pañoleta con las dos manos y le veía alejarse.

Estaba claro, con una pañoleta al cuello por escudo y un silbato como espada Jorge podría matar (de risa) a cualquier (Marcos) Dragón que se le pusiera por delante. Y es que el scout era animoso ante peligros y dificultades…

¡¡Feliz San Jorge y ánimo con vuestros Dragones!!


Vía: ASDE - Exploradores de Madrid

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