Aquí en la charca somos muchos. Está Juan, está Inés, está Antonio, está Luisa, está Carmen,... Somos una gran comunidad de ranas.
Hace poco se casaron Esteban, una rana gorda de colores muy vivos, y Alba, la que vive un par de juncos más allá y con la que cenamos una vez al mes.
La verdad es que con la boda tuvieron muchos problemas. Pero no porque no se quisieran, o porque estuvieran inseguros, o porque no encontrasen un buen traje de novia; no. Todo comenzó cuando se pusieron a decidir a quién invitaban para el banquete.
Alba empezó eliminando a las ranas que hacían mucho ruido al comer:
“Sí, claro – decía indignada -, menuda guarrada. Imagínate, al tío Tomás, la Antoñeta y la Petra dale que te pego, eructando y sorbiendo la sopa de mosquito frito como si estuviéramos en un concierto.”
“Uf – añadió Esteban -. Pues mira que si se pone luego Andrés a contarnos batallitas... Y como se junte con el abuelo Eugenio, pues ya ni te cuento, que son unos pesados de cuidado...”
